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¿Qué necesita un bebé realmente al nacer y en la primera infancia? ¿Una cuna que se mueve? ¿Una hamaca con música? ¿Ropa de un determinado color o estilo? ¿Un móvil para la cuna? ¿Un carrito con amortiguadores, hilo musical y filtro antipolución? No, un bebé necesita al nacer y en sus primeros meses cosas mucho más básicas, más instintivas… y más profundas.
Quédate cerca.
El momento en el que nace un bebé es un punto crítico de su vida actual y futura, y también de la persona que está destinada a ser su figura de apego primaria. Es el momento en el que la descarga de oxitocina de ambos y todo el proceso biológico del nacimiento construyen las condiciones perfectas para que se produzca una profunda identificación entre esas dos personas tras la llegada del bebé al mundo fuera del útero. Esos mil primeros minutos en los que la neurobiología aporta las condiciones ideales es pura magia.
Nils Bergman, médico de origen Sueco que desarrolló su carrera y probó sus teorías en Africa inicialmente, detectó que en países con dificultades de asistencia sanitaria para bebés prematuros y con patologías se utilizaba algo denominado “canguro”, viéndose resultados prometedores. Desde aquel momento a finales de los años 80 y principios de los 90 del siglo pasado, el Dr Bergman comenzó a probar este método en el hospital de Zimbabue en el que trabajaba, recogiendo experiencia y datos que construyeron los principios de lo que actualmente es ya dogma para gran parte de los profesionales de la atención neonatal.
En estos estudios (ampliamente avalados y replicados por diversos profesionales con idénticos resultados) se observó que la proximidad de los bebés a su figura de apego primaria principalmente mejoraba la ganancia de peso, la evolución general y el desarrollo de las criaturas, acortando la estancia en el hospital y mejorando su calidad de vida y la de sus familias.
Amor y cerebro, todo uno.
Así, con muestras tan extensas y evidentes, quedó más que claro que el contacto no es un deseo de nuestros bebés, sino una necesidad. Y es que la mielinización (un proceso en el que las neuronas se recubren de mielina, una sustancia lípida blanquecina que facilita la transmisión de impulsos nerviosos entre las células nerviosas) y el constructo neuronal se ven influidos por las experiencias que tenemos y, evidentemente, por lo que ellas provocan en nuestras emociones, y viceversa.
Esta influencia comienza (se cree) justo después del parto, y es más intensa en las experiencias que se relacionan con la figura de apego primaria que está en constructo de esa relación con el bebé.
¿Y si no tenemos proximidad?
Tanta es la influencia que cuando un bebé se siente inseguro, con miedo o estrés alto, suben sus niveles de ansiedad y comienza a generar cortisol frente a lo que su cerebro entiende como una amenaza a su supervivencia. Está demostrado que los niveles de cortisol elevados y sostenidos resultan tóxicos, pudiendo alterar la arquitectura del cerebro a diversos niveles, ya que desde un nivel de alerta mantenido en el tiempo se ven afectadas capacidades como la memoria, la concentración o el procesamiento y/o respuesta a los estímulos sensoriales, por ejemplo.
Es decir, que aportar proximidad y respuesta a esta necesidad a las criaturas contribuye a evitar posibles dificultades de neurodesarrollo. Y también está demostrado que el estrés sostenido que siente un bebé privado de contacto y seguridad puede llegar a influir en las manifestaciones de su genética, no siendo esto (ni lo uno, ni lo otro) una relación directa de causa y efecto, sino un factor que puede influir, eso sí, de modo importante.
Cógele para que se acostumbre.
En décadas anteriores a las madres y familias se les recomendaba no coger a sus bebés en brazos más de lo necesario para aportarles alimento, aseo u otros cuidados. No se entendía, pese a las evidencias, el contacto como una necesidad, como un cuidado que nutre.
Se trasladaba que ese contacto más restrictivo favorecía la autonomía de las criaturas y su seguridad en el resto de su vida. Ahora sabemos bien que esa teoría no era real y, de hecho, era contraria a la evidencia.
Así, dejarnos llevar por el instinto de coger a nuestro bebé, de permanecer cerca, de responder a su llamada cuando nos pide estar en brazos es un alimento para esa criatura.
Uno fundamental.